domingo, 23 de diciembre de 2012

Compañera.

Saco el cuaderno que me acompaña diario de mi mochila y lo azoto en el escritorio. Después de recorrer media Ciudad de México con la música que nunca te gustará de fondo, me doy cuenta de que no existes. Y no te extraño a ti, me extraño a mí que me voté olvidado en algún puto rincón del mundo. Y pienso en las historias que no sucederán y en los lugares que nunca visitaremos debido a tu ausencia y a tus pensamientos tan impredecibles. ¿Dónde estás, compañera? ¿En qué lado te has metido? Me he cansado de esperarte y sé que no es lo correcto, porque lo correcto debería de ser estar allá afuera buscando diversión mientras regresas. Y no siento nada al besar a la mujer que está perdidamente borracha, no siento nada cuando me ofrecen un cigarro y lo pruebo sabiendo que en mi vida había fumado. Y uno de esos pendejos que dicen ser amigos de la vieja que está peda me empuja y me pregunta qué hago en ese lugar, le grito que no sé y le escupo en la cara recibiendo de inmediato golpes en el estómago, tú ya sabes que soy un pinche debilucho y quizá por eso no llegas y nunca llegarás. El imbécil que decía ser mi mejor amigo en la secundaria no me ayuda, ni siquiera me mira, finge no conocerme por estar con los creídos del lugar, sintiéndose como uno de ellos, cuando sabe que en el fondo es realmente todo un perdedor. Y salgo y no sé dónde estoy y le pido al taxista que me lleve a la estación de metro más cercana. Llego a Zapata mientras mis audífonos suenan a tope y espero a que alguien llegue a rescatarme, esperando a que llegues tú, compañera, que no existes y que creí haberte hallado en dos o tres personas que he conocido. Y recuerdo tus caricias, tus mordidas, tus llantos, tu odio ante mí y me echo a llorar. Me siento tan solo y no es por tu culpa, es por la mía, que tampoco existo ya para la gente que antes consideraba hermana, al cabrón que acompañé dos semanas sin descanso para subsistir, a la niña que me votó y regresó y pidió más y mandé a la verga, a la mujer que me cogió y yo me dejé creyendo que eras tú, tú que nunca has existido y nunca existirás. Tú que me has dejado solo, para pelear por mi parte y creer que estoy en lo correcto. Tú que me has hecho tan pinche moral. Tú que no llegarás únicamente para recordar mi puta enfermedad mental y creer que sigues esperando el momento para extender tu mano y jalar mi cabello a tu rostro para besarnos. Tú que estás igual de desecha que yo pero no haces nada porque tienes una ventaja que he repetido y repetiré hasta el cansancio en estas pinches hojas: No existes y no existirás. Y no logro desahogarme, y no logro terminar, pero logro aburrirte, logro desnudarme ante ti para que sepas cómo me siento gracias a tu puta ausencia, gracias a ti. Sabes destruirme, compañera, me conoces mejor que yo mismo. No llegues nunca, por favor, permíteme recuperar a alguien que verdaderamente crea en mí. Porque a pesar de todo, seguirás ahí, jodiendo, seguirás molestando para sentirme más solo y no lo lograrás. Tengo un arma más poderosa que la tuya, compañera. Son mis ganas de encontrarte, compañera.

No hay comentarios:

Publicar un comentario