viernes, 21 de diciembre de 2012

Laura.

¿Sabes? Cada mañana, cuando despertaba, lo hacía con entusiasmo. Me levantaba al sonar el despertador, tomaba una ducha rápida y me ponía los jeans azules que tanto me criticabas, me arreglaba, me ponía la loción que en ese tiempo amabas con locura y me metía al auto. En él ya estaba como estación predeterminada tu canal de radio favorito, y escuchaba al locutor decir las palabras de siempre, me gustaba imitarlo y a ti te daba mucha risa el verme hacerlo. Llegando a la avenida que me conducía al hogar de tus padres había un vendedor ambulante al que todos los días le compraba pastillas contra el aliento. Sí, sí, me lavaba los dientes todas las noches antes de dormir y a la mañana siguiente después de tomar el café que me regalabas cada fin de mes, pero uno nunca sabe si la pasta ya está caduca o el cepillo ya no limpia tan bien como antes. Y mientras manejaba, disfrutaba del sabor de la menta, de la yerba buena o de la cereza, todo dependía de la fecha en la que me tocara comprar tan mentadas capsulas. Llegaba a tu casa y ahí estabas tú, tan bonita como siempre, con los buenos días en tu sonrisa, con el sol en los ojos, con la mirada atraída de uno que otro pervertido por tan semejante belleza. Y salía como todo un caballero a abrirte la puerta y te llevaba al colegio. Te despedías de mi con un beso tan tuyo, siempre que te probaba me hacías dar paseos en bicicleta por mi interior recordando la primera vez que te vi, la primera vez que hablamos, la primera vez que te invité a salir, la primera vez que fuimos al parque por un helado sólo tú y yo, porque nuestros amigos siempre nos molestaban y esa vez habíamos logrado librarnos de ellos. Tú lo pediste de vainilla, yo de chocolate. ¿Quién iba a decir que la primera vez que saborearía tu lengua, la saborearía a helado napolitano? Recordando también la vez en que me pedías ir a maquillarte en la feria para ser una princesa, pero mi niña, tú ya eras una princesa. Recordando la vez en la que fui a tu casa para ayudarte a hacer tu maqueta de historia y terminamos haciendo el amor. Recordando cada una de las razones que te escribí en aquel libro que fue el regalo que te di cuando cumplimos un año de novios: "365 razones por las cuales te amo". Recordando la primera vez que enfrentamos un problema juntos, cuando te escapaste de tu casa y nos largamos un fin de semana a Acapulco, asumiendo las consecuencias de nuestros actos al darnos cuenta de que tus padres notaron tu ausencia y dejándonos de ver por un mes, pero seguimos adelante. Recordando la noche en la que comenzamos a dibujar a lo idiota la pared de mi cuarto y llamamos a toda esa basura "arte abstracto". Recordando los títulos de todos los libros que me recomendabas, pequeña lectora, incluyendo el último: Los ojos de mi princesa.
Recordando, recordando, recordando.
Y un día, todo fue distinto. De la nada te tornaste diferente. Esa mañana no me sonreíste, no reíste al imitar al locutor y no te despediste de mí, ni siquiera me diste las gracias. Preguntaba qué tenias y nunca me respondías, tratabas de evitarlo. Comenzabas a insinuar una quebradura en nuestra relación. "Es sólo un título" dijiste. Me alejé de ti por una semana para darte espacio y pudieras pensar mejor las cosas. Grave error. Un día llegaste a mi casa y terminaste con toda nuestra historia, dijiste que ya no eras feliz conmigo, me destruiste, nunca me diste una explicación, ahora, ya no quiero saberla.
Anoche soñé contigo, Laura. Soñé que te dejaba en el colegio y antes de entrar a éste te despedías de mí, con una sonrisa. Justo como me hubiera gustado verte por última vez.

No hay comentarios:

Publicar un comentario